18.4.08

La fragilidad de una mañana

Salustiana Rodriguez se levantó como siempre al alba. Sintió una molestia en la garganta.

-Tengo olor a pasto hasta el tuétano- masculló.

Puso el agua a hervir para el mate cocido.

-Mamá, que no se hierva el agua, le dijo Cito, el hijo.

Salustiana, no le hizo caso, a ella no le importaba que algunos dijeran que no hirviera el agua para el mate. Y el Cito tendría que tomar mate cocido quisiera o no. Entre las aguas malas de las napas y de los arroyos Salustiana sentía que no había escapatoria.

-Mamá el hervir el agua es para matar organismos vivos, con todo lo que le llega de las plantas no sirve hervir.

-No sé que es eso de los microorganismos que producen enfermedades que vos decís, pero estoy segura que el veneno, de la cura, a los únicos que envenena es a nosotros por acumulación.

Todas las mañanas Salustiana discutía con el hijo. Iba ella a contestarles esas cosas a los padres. Los tiempos cambian, se dijo. Suponía que todo tenía que ver con que ella no había estudiado y el hijo sí. Pero no importaba, el Cito iba a tener que reconocer que no todo lo dan los libros. Hacía años que manejaban el campo, siempre había andado bien. Ahora con esto de las nuevas máquinas, de los nuevos fertilizantes, herbicidas, fumigaciones… Salustiana sentía que las plagas se hacían cada vez más fuertes, más gordas, más empecinadas.

El Cito le dijo:

- Mamá, no quiero mate cocido, quiero mate común, mate mate.

Salustiana no dijo ni sí ni no. Miró la salida del sol y le dijo al Cito:

- Otro día más de humo y lo vamos a pagar caro. Esa empresa nueva nos va a matar a todos. Si tienen tanta máquina, tanta gente con título ¿no tienen otra manera de manejar lo del pastito para las vacas? Desde que empezaron con lo de la soja m’hijo todo cambió.

- Usted sabe que no se puede seguir siempre igual, nos van a pasar por arriba. Estamos muy atrasados en todo. La culpa es de los gobiernos.

Salustiana sabía que nunca llegarían a un acuerdo, ella ya estaba vieja para discutirle al Cito, se había puesto peor desde que murió el padre. Para colmo de males: estaba de novio, quería juntar plata rápido para casarse. Salustiana pensaba en los choclos, en el maíz plantado, en la cría de gallinas sueltas, en las vacas sueltas, en todo aquello que había construido con su marido.

-Si queman pasto verde o las plantas chicas de pino, la resina es mala.

-Ma´ hace años que se hace así.

-Pero no de esta forma, es desde que vino esa plantita. No entiendo, no entiendo qué nos está pasando, pero la vamos a pagar muy caro, protestó la mujer. No sé mucho, pero esto no me gusta, es cómo una célula que se multiplica a mucha velocidad. Bueno, la plantita no tiene la culpa, es la gente no más.

El hijo se fue al pueblo en la camioneta para arreglar lo de la invernada de las vacas.

Salustiana fue hasta el corral y sintió que no estaba respirando bien, una densa nube la envolvía, quiso pensar en las nietas, en la ciudad a la que no quería ir a vivir, en su hija diciéndole que se fuera con ella. Le dio de comer a los cerdos, sonrió. Se acordó de la rebelión en la granja. ¿Quién era ella? ¿Un caballo? No tal vez una yegua. Sonrió. Se sentó y miró el sol, ese extraño sol que parecía de otro mundo, realmente ese no era ya su mundo, el de su marido y ella plantando naranjas, maíz y con unos pocos animales de granja.

Así la encontraron, dos días después, los bomberos del pueblo, sentada, con la cara hacia la salida del sol.