26.3.08

De paso hacia la primavera

A ella se la veía bien, pero si se miraban sus ojos se percibía la opacidad de pérdidas y desencuentros. Había renunciado decir o aconsejar hacía algunos años. ¿Por qué? Sentía que decirle a alguien que se atrincheraba en su postura era desgastarse sin sentido. Sentía que cierta distancia, ciertas herramientas largamente buscadas y encontradas le habían dado la posibilidad de anticiparse a desenlaces no queridos, pero lo que ha de ser, será.

Más de una vez le había dicho a alguien cercano sobre tal o cual cosa, la reacción enojosa del o los otros la había acobardado. Frente a la “resistencia” del otro ella comenzó a elegir el silencio, a la frase de compromiso. Tal vez ella pensaba que el silencio más que otorgar la razón era un protegerse de las respuestas agresivas. Hay veces que la visión del mundo, construida durante años, si se ve desestabilizada por la visión de otro provoca la reacción violenta.

Ella se sentía así, tal vez con resentimiento se sentaba a esperar los resultados. Tal vez aspiraba a cierto barniz de cultura Oriental, pero tenía dudas. Una compañera de trabajo le había propiciado un sacudón a través de la frase “los orientales se sientan en la puerta y esperan ver pasar el cadáver de su enemigo.” Ella deseaba equivocarse, después de todo lo que les pasaba a los demás, siempre terminaba por dolerle.

Estaba en esta postura cuando llegó de visita el hermano. Él comenzó a hablar, le hizo un recuento de su vida durante los últimos años. Ella sabía y no sabía sobre ese relato. En silencio confrontó las versiones, se mantuvo prácticamente en silencio hasta que el hermano dijo algo y ella completó la frase. De forma precisa aclaró ciertos detalles, le dijo que ella lo había previsto hacía muchos años, que un par de veces intentó decirle lo que tenía que hacer, pero la resistencia de él a aceptar otras versiones sobre lo que estaba viviendo le revelaron la inutilidad de sus palabras.

Como nunca fue breve y precisa, relató ciertos acontecimientos lejanos, le tembló la voz, se le llenaron los ojos de lágrimas y purgó, a medias, viejos dolores.

El hermano se marchó y ella le dijo un par se frases, tal vez ese poner el corazón en cada palabra impregnó el mensaje de un sentido profundo.

Dos días después recibió un llamado telefónico. Era el hermano, simplemente le dijo: Gracias. Como viajé solo pensé todo el tiempo en lo que me dijiste. No me despego de lo que me dijiste al despedirte. Me sirve mucho.

Ella otra vez amuralló las palabras en frases breves: Me alegro, pero no te ates a nada de lo que te dije. Pensá en tus propias soluciones. Simplemente, es mi punto de vista.

Ella salió a caminar por la orilla del mar, se sentía ligera, tranquila e inquieta a la vez. Buscó estar sola, se subió a las rocas y miró el horizonte. Fue allí en que palabras e imágenes se agolparon velozmente: su abuelo que había cruzado el mar, su madre y su padre ausentes, los afectos más cercanos, sus seis soles entibiando el camino, las palabras del maestro, las palabras ignoradas, las palabras insuficientes, las ideas desterradas, el deseo de ser y la realidad de ser, los años vividos y la incógnita del tiempo por vivir… todo se apretaba y multiplicaba en un instante y cerró los ojos y volvió sabiendo que nunca más volvería a ser así, pensó en su madre que siempre había querido verlos juntos… tal vez esa era la mejor manera de recordarla. Se sintió en tránsito hacia la primavera, el dios muerto y enterrado había resucitado; tal vez ella, sin proponérselo había llevado a cabo el rito de la unión con los suyos.

1 Comments:

Blogger Loca xq (el mundo me hizo a)sí said...

a veces, no es sólo lo que se dice, sino el momento

ése era el momento de hablar, porque ése fue el momento en que él estuvo dispuesto a escuchar

26 marzo, 2008 13:21  

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