16.2.08

Hilando de aquí y de allá

Hoy me quedé dormida. Después de dormir bien, una noche entera, quedarse dormida el primer día, después de una licencia de dos meses por vacaciones, está bueno. Hice algunas tareas hogareñas y me resigné a caminar unas cinco cuadras y tomar el colectivo, el calor empezaba a apretar. ¡UGH! Este bendito calor de Santa María, que no es la de Onetti. Mientras camino digo ¿Cómo será no pensar? ¿Cómo será no hilar nada y vivir el puro caos, el instante sin memoria? Pasé frente al colegio donde tuve una suplencia y se me atragantaron el rector, la secretaria y un par de profesoras en un nudo ¿Por qué no me volvieron a llamar para trabajar? El colectivo llegó pronto y en lugar de pedir el boleto por el importe digo el destino. Es que cambiaron los precios ¿vio? ¡Bah! Sólo 20 centavos. Sí, pero el aumento representa más de un 20% y el sueldo sigue igual que en diciembre.

Me siento al lado de una ventanilla, aunque el aire esté impregnado del humo de los colectivos, de los autos, de las motos, del tren, de los aires acondicionados y de las millones de personas respiran, en esta ciudad es mejor ese aire que nada.

Me miro las manos, tengo un par de uñas desparejas. Saco una lima y las pongo en orden. En ese instante resuenan en mi cabezota las palabras de un compañero de oficina “¿Quién te hace la manicura?” Yo, contesté, supongo, sorprendida. Si bien tenía manos delgadas y con dedos largos, no eran (ni son) para mi gusto manos de aviso televisivo ni nada que se les parezca. Manos comunes, no más. No entendí su pregunta hasta el día en que fui a su casa a explicarle un ejercicio de matemáticas. ¡Yo explicando matemáticas! una incoherencia más en mí. (Las matemáticas y yo no nos llevamos bien, lo único bueno es que gracias a ella conocí a mi compañero de vida). Decía, cuando fui a su casa conocí a su mujer, allí me di cuenta de que mis manos eran algo así como un modelo de comparación. A lados de las manos de su mujer, mis manos estaban más que cuidadas. Me sentí incómoda. Recordé otra anécdota de unos años antes, una de mis tías empezó a hablar mal de sus manos regordetas y miré las mías. El relato había logrado convencerme de que manos de dedos largos, uñas cuidadas y las etc. era algo así como una tarjeta de presentación. (Eso sí, nada de uñas largas pintadas de rojo, o algún color extravagante). Me di cuenta que eso tenía que ver con una anécdota anterior, cuando era niña me encantaba jugar con barro y tenía mis manos hechas un desastre. Un invierno, ya iba a la escuela, tendría unos 8 años, se me agrietaron; me ponía una crema, pero lo peor era que se me formaron como costras de lastimadura y algo más, mis uñas lucían una banda negra que mi maestra calificó como “luto por falta de higiene”. Resultó ser que mis manos estaban muy mal trechas y no daba para el cepillo o la lavandina (cosa que empecé a hacer mucho después) y debía esperar que aquellas manchas de tinta (o no sé de qué) se fueran lentamente (hay que tener presente que usé pluma cucharita y tinta para escribir, era una proeza no ensuciarse las manos, el guardapolvo o derramarla sobre el cuaderno).

Rebobiné mis caóticos recuerdos y volví a mi compañero de oficina, recuerdo que cuando cobrábamos me invitaba con un pedazo de pizza o un café y una vez me invitó a tomar té con masas (¡qué antigüedad!), era tan a la época (eso creí) que la invitación equivalía a pagar él. Creí que era mi amigo, cuando adolescente tuve algunos amigos varones, tal vez por esa u otra tontera no me di cuenta que él tenía otras intenciones. De repente tuvo una rabieta y me contestó mal, cuando le hablaba me gruñía. Un día me enteré que su mujer estaba embarazada, me dolió que no me lo contara. Me quedé en el "molde" y se lo comenté a una compañera de la oficina. Por supuesto, algo le debió decir. Él vino hasta mi escritorio y me dijo “Estamos esperando un hijo. Y si no te lo conté es porque creí que ya te habías dado cuenta de que estoy enamorado de vos y me estabas tomando el pelo.” Me quedé de una pieza, me sentí muy tonta, se me ocurrió bromear y contestarle “este es mi año, era lo único que me faltaba.” Por supuesto, nada fue igual. Unos meses después dejé ese trabajo.

Mientras seguía el viaje en colectivo saqué cálculos, esos episodios llevaban años guardados en mí. Uno tiene más de 50 años, el otro casi cuarenta. Supongo que así como están, en forma de anécdota, en algún lugar deben interferir en mi manera de ver, de contactarme con los demás. ¿Cuántas de estas interferencias, sin emerger de manera consciente, andarán dando vueltas en mi cabezota? ¿Cuántas veces percibimos la conducta de los demás muy lejos de lo que los otros piensan y sienten? A veces una rabieta no tiene que ver con lo que uno dice, sino con lo que el otro siente o piensa.

Cuando llegué a destino, en mi trabajo, alguien dijo “dale, dale” y la receptora del mandato se transformó. Vaya uno a saber qué dispositivo pone en marcha esa palabra que equivale a “apurate” en la forma que fue dicha. Vaya uno a saber qué le pasó a la persona que le dije “¿Sabés que la despidieron del otro trabajo? y me contestó mal. Vaya uno a saber porqué hay alguien que dice recibir mis mensaje y sólo me llama para pedirme que le escriba algo que necesita… ¿Vaya uno a saber? ¿ O sí sé y prefiero jugar al torero cuando algo no me cierra?

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Jua Jua Jua!!! no conocía esa anécdota... te pinta ingenua... jua jua jua!!!!!!! (o yo soy mal pensada)

(la del compañerito) La babosa

27 febrero, 2008 20:42  
Blogger Amalia Carioli said...

Y sí, siempre tengo un lugarcito para no darme cuenta, para no querer darme cuenta, para confiar en la apariencia, en creer que la mal pensada soy yo y las etc.

28 febrero, 2008 00:00  

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