18.9.07

El Encuentro

Una mujer caminaba bajo la lluvia con su paraguas, el encuentro la había sacudido. Recordó que esa tarde había leído:

El hombre camina días entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra.

Entonces se dijo “¡Ja! Homo sapiens, homo economicus, homo que ríe, homo civicus, homo… ¿semiótico? Y siguió:

El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas.

Fue en ese preciso instante que reconoció que no era barro lo que estaba por pisar en el pavimento de la calle, sino mierda de perro. Entre dientes masculló:

-¡Qué asco! No solo la vereda, sino el borde de la calle, con esta lluvia y con esto de darle alimentos “x” a las mascotas. ¿Será para confundirlos con el color de la calle?

Evidentemente no daba para pensar que en esta remota ciudad se les ocurra un detalle como cuando se casó Diana y Carlos. Recordó el artículo del “gran” semiólogo donde comentaba que para evitar la desagradable visión de la bosta de los caballos, cuando se transmitió por TV la boda de los príncipes, se les dio un alimento especial para que se confundiera con el color del pavimento de la calle. Movió la cabeza y siguió hablando bajito como una aprendiz de loca:

- No. No creo que aquí, los dueños de las mascotas, se tomen el trabajo o la delicadeza de evitar esta desagradable visión de calles llenas de mierda para que no salgan en las fotos que sacan los turistas.

Metida en sus pensamientos irrelevantes de signos que representan otra cosa, la mujer reparó en cómo las calles de su barrio se habían transformado. Había muchos negocios, en casi todos había un guardia de seguridad privada, la policía andaba en moto, en autos pequeños, en bicicleta, a pie o en patrullero común.

Las viviendas tenían casi todas rejas en puertas y ventanas. A esa hora cuando pasaba frente a una puerta una fuerte luz se encendía iluminándola, en algunos lugares una cámara se movía vigilando sus pasos…

La gente transitaba alegremente, todos parecían acostumbrados a esos signos imperceptibles de lugar de seguridad impuesta.

Michael F saltó de su libro bisagra para recordarle el tránsito del suplicio como castigo a la figura del panóptico visualizado hasta llegar al panóptico incorporado.

- ¡Qué lo parió! Diría Mendieta, pero como no soy perro debería decir algo más inteligente - se dijo la mujer.

Entonces caminó mirando esos detalles que dicen no mirarse y los transformó en signos, pensó donde estaría el Gran Hermano, el de 1984, no la estupidez de la tele. Después de todo, el chiste estaba en que la gente tomaba aquello como natural, como parte de sus vidas.

Siguió caminando, pensando en el encuentro de esa tarde, en el cafecito compartido en un café frente a la plaza. Ese barrio que dicen que es tan lindo y que es de ella, pero ella siente que no es porque hasta el nombre le cambiaron. Se acordó de la charla como signo que representaba otra cosa. Para su interlocutor, tal vez, fue una despedida; para ella, un espejo. El mito de Narciso como fantasma, pero sin el enamoramiento de sí mismo. Solo la presencia de Eco recordando experiencias pasadas. Las palabras fueron “Tengo que quedarme con lo mejor de los tres años pasados allí.” (La mujer pensó: yo pasé siete en esa prisión de papeles, computadora y números ajenos). “La oficina ya no es lo mimo, te fuiste vos, se fueron los otros; el nuevo… Sabés que le dije que un boxeador profesional cuando pega en la calle a un no boxeador comete doble delito, porque abusa del golpeado. Le dije que así se había portado conmigo, si él había trabajo en recursos humanos, tenía la suficiente preparación como para tratarme diferente y no a los gritos. El colmo llegó cuando el chiquitín me dijo que le pagaban más que a mí y yo hacía su trabajo.”

Fue en ese momento en que ambos se rieron, ella le recordó que ese “psicopateo” era parte de una charla de manipulación que habían tenido cuando en el otro trabajo alguien lo molestó. Ella reconoció que el circunstancial alumno la había superado.

Ella lo siguió escuchando y sintió empatía que no llegó a catarsis, esas palabras no era esa entidad biplánica o psíquica que une dos términos: un concepto y una imagen acústica, eran un conglomerado de significaciones de siete años de su vida reflejados en lo que el joven le decía.

La mujer siguió caminando y sin darse cuenta ya no estaba en ese barrio que decían que era de ella, cruzó a otro donde las veredas seguían adornadas de excrementos de mascotas, de papeles, de baldosas flojas, de gente que hablaba diferente, deformando consonantes, de manera apretada, tanto que no se le entendía.

La mujer se dijo:

-No sé si hablo el discurso de esta ciudad, ya no sé qué discurso debo hablar, sigo pensando que los aires aquí nunca fueron muy buenos para mí, aunque debo reconocer que mis más grandes amores viven aquí.

Estaba anocheciendo, llovía, no tenía nubes para ver figuras de cosas que significan otras cosas. Cerró los ojos y vio una pequeña quinta que parecía un jardín, en un día de sol, bajo un cielo increíblemente azul.

4 Comments:

Blogger FRAC said...

¡Ah, la imaginación! Al final viene a salvarnos. Mejor que así sea, porque cuando la gente cree naturales ciertas actitudes que no lo son, la sensación de ahogo, extravío o inefensión se apodera de todos. Y entonces, ¿qué sucede?

Un abrazo, Amalia.
(coincidimos en la interpretación de la foto de Frac, curioso)

18 septiembre, 2007 10:37  
Blogger Amalia Carioli said...

Hola, Frac. Me alegra la coincidencia sobre la foto. Estuve a punto de no describir lo que veía. En fin! No sabés al sorpresa cuando vi la otra foto, me parecía que no debía estar allí. Eso, creo, tiene que ver con que uno se apropia de lo que ve y conmueve. Cariños

18 septiembre, 2007 10:51  
Blogger Sir William 2 said...

Tantas veces me pregunto, Amalia, si nosotros no somos símbolos que representamos otra cosa.
Un abrazo
Sir

18 septiembre, 2007 17:48  
Blogger Amalia Carioli said...

Hola Sir. No sé símbolos, pero sí signos (con significado y significantes diferentes para cada uno que nos ve). No sé, pero quizás sea eso que dice el personaje de Onetti en La vida breve. Alguien me enseñó una vez: "somos lo que creemos ser, lo que los demás creen que somos y aquello que creemos que los demás creen de nosotros."

18 septiembre, 2007 22:24  

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